NUESTRA MADRE

Pienso que todos estos desastres naturales que hemos vivido recientemente, en Asia y ahora en Venezuela, Japon Etc. sin contar todos los anteriores en todo el mundo, inundaciones, tornados, terremotos, etc., es únicamente responsabilidad del hombre.

La naturaleza busca su propio equilibrio, y cada dia se le hace más difícil encontrarlo. La velocidad con la que la hemos destruido es muy alta. Por eso, los desastres cada vez son peores. Pero lo más triste es que no creo que esto tenga solución, por más cumbres que se realicen en el mundo para disminuir los agentes contaminantes.

Cuando el ser humano esté dispuesto a recapacitar (y estamos incluidos todos), ya será demasiado tarde.

La codicia y la insatisfacción del hombre permite su desarrollo pero a la vez lo destruye.



Dependemos de la naturaleza no sólo para nuestra
supervivencia física. También necesitamos a la naturaleza
para que nos enseñe el camino a casa,
el camino de salida de la prisión de nuestras mentes.

Nos hemos perdido en el hacer, en el pensar, en el recordar,
en el anticipar: estamos perdidos en un complejo laberinto,
en un mundo de problemas.
Hemos olvidado lo que las rocas, las plantas y los animales
todavía saben. Nos hemos olvidado de ser:
de ser nosotros mismos, de estar en silencio,
de estar donde está la vida: Aquí y Ahora.
Cuando diriges tu atención hacia algo que ha venido a la
existencia sin la intervención humana,
sales de la prisión del pensamiento conceptual y,
en cierta medida, participas del estado de conexión
con el Ser en el que todavía existe todo lo natural.
Llevar tu atención a una piedra, a un árbol
o a un animal no significa pensar en ellos,
sino simplemente percibirlos, darte cuenta de ellos.
Entonces se te transmite algo de su esencia.

Puedes sentir lo aquietado que está y, sintiéndolo,
surge en ti esa misma quietud.
Sientes lo profundamente que descansa en el Ser,
completamente unificado con lo que es y con dónde está.
Al darte cuenta de ello, tú también entras en un lugar
de profundo reposo dentro de ti mismo.
Cuando camines o descanses en la naturaleza,
honra ese reino permaneciendo allí plenamente.

Serénate. Mira. Escucha. Observa cómo cada planta
y animal son completamente ellos mismos.
A diferencia de los humanos, no están divididos en dos.
No viven a través de imágenes mentales de sí mismos,
y por eso no tienen que preocuparse de proteger
y potenciar esas imágenes.
El ciervo es él mismo. El narciso es él mismo.
Todas las cosas naturales, además de estar unificadas
consigo mismas, están unificadas con la totalidad.
No se han apartado del entramado de la totalidad
reclamando una existencia separada:
«yo» y el resto del universo.

La contemplación de la naturaleza
puede liberarte del «yo», el gran creador de conflictos.
Percibe los múltiples sonidos sutiles de la naturaleza:
el susurro de las hojas al viento,
la caída de las gotas de lluvia,
el zumbido de un insecto,
la primera canción del pájaro al amanecer.
Entrégate completamente al acto de escuchar.
Más allá de los sonidos, hay algo mayor:
una sacralidad que no puede ser comprendida
a través del pensamiento.

Tú no creaste tu cuerpo, y tampoco eres capaz
de controlar las funciones corporales.
En tu cuerpo opera una inteligencia
mayor que la mente humana.
Es la misma inteligencia que lo sustenta todo
en la naturaleza. Para acercarte al máximo a esa inteligencia,
sé consciente de tu propio campo energético interno,
siente la vida, la presencia que anima el organismo
La alegría y las ganas de jugar de un perro,
su amor incondicional y su disposición
a celebrar la vida en cualquier momento
suelen contrastar agudamente con el estado interno
del dueño del perro: deprimido, ansioso,
cargado de problemas, perdido en el pensamiento,
ausente del único momento y lugar que existen:
el Aquí y el Ahora.

Eckhart Tolle

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